De lo acontecido tras el ingenioso invento de González Camarena
En
cantinas, restaurantes y loncherías le cerraban la puerta. Las señoras ya no
caían fulminadas ante su impactante mirada. —Ándele, créame, soy yo: “Amorcito
corazón, yo tengo tentación de un beso, que se pierda en el querer…”. Explicaba
sin obtener resultados. Una suerte similar corrió otra, quien pretendía evitar
la fila con su pose de diva y labios carmín. —Ese cuento ya me lo sé, ahora
resulta que todos son grandes actores —, le gritó el maître mientras la echaba
a la calle.
—¿Qué?
¿Usted también me va a decir que es un actor famoso de cine?—, le preguntó a
otro de la fila, que asintió levantando su bombín (risas).
No hay comentarios:
Publicar un comentario